Paciencia

Por las mañanas, mientras Adi, Kiti y Duncan, mis hijos y su amigo americano veían la tele, jugaban a la Play o peleaban, yo, en mi habitación de arriba que también hacía las veces de dormitorio, me ponía a escribir mi novela que en ese momento era “J Solo y la mujer sin rastro”, aunque el working title, como lo llaman los americanos, o sea, el título que te acompaña mientras la escribes, era “Cuando se vacían las playas”.

La literatura para mí debe ser arte. Aunque esto pueda parecer una boutade o una perogrullada, no lo es. Por mucho que se diga, el periodismo y muchos de los periodistas que escriben una novela tienen que saber el argumento, la historia, qué cojones nos van a contar. Pues precisamente esto ha ido en perjuicio de la calidad literaria. La aproximación al arte, a la literatura, al oficio de escribir una novela debe ser un acto aventurero que nos sorprenda, que emocione al autor porque algo nuevo ha surgido. Por eso es necesario enfrentarse al espacio vacío lo más desnudo posible, olvidándose de todas las influencias que nos acogotan y nos hacen parecernos unos a otros. Hay que esperar el momento luminoso en que algo en la imaginación del escritor hace su aparición. No es necesario escribir por escribir, hay que aguardar al momento feliz porque eso es vivir el presente. Y en ese momento se da el milagro de la creación.

Nabokov dijo que la escritura era el aprendizaje de una larga paciencia. Y el escritor debe ser paciente, no precipitarse. Esto tiene cierta conexión con filosofías orientales, por ejemplo el zen. Yo tuve la suerte de aprender esa aproximación a lo que se llama arte
a través de Eduardo Chillida, que fue mi maestro. Después, con la razón y nuestras influencias apreciadas o no se realiza el esfuerzo de que lo escrito tenga la coherencia necesaria con la historia que se va creando poco a poco, palabra a palabra, frase a frase. Don de Lillo dice, en lo que ha quedado en mi memoria más o menos, que los personajes te llevan, la estructura se forma por algo que está fuera de nosotros, que controlamos poco y que pertenece a un tiempo y a un espacio en el que se dan coincidencias, sorpresas,
emociones que se escapan a lo racional.

Había mañanas que no escribía nada, largos momentos en que nada venía a mí y que a pesar del esfuerzo de intentarlo me iba de vacío, sin una línea escrita, a pasear por la playa de Ditch Plain. Esa paciencia de la espera también la tenía que desarrollar con los tres chavales salvajes que abajo ya la estaban montando y exigían mi presencia para pasar a la acción. ¡Vayamos al encuentro de la ola!