Un atardecer solitario

Divago sentado frente al mar sobre la importancia del párrafo, algo que podría denominarse una aproximación a mi estilo, Pero esto último puede resultar bastante presuntuoso. No estoy seguro de que yo sea capaz o sea tan clarividente de saber cómo es mi estilo. Y si verdaderamente me gusta saberlo.

Pero sí hablaré de la importancia que tiene el párrafo para mí. En él la idea comienza y se termina. Su extensión depende de la complicación que requiera expresar esa idea. Siempre intento resumir, colocar pocas frases, sintetizar el argumento, pues considero al lector, como mínimo, tan inteligente como yo. Debe tener cierto aroma poético, con lo que de variopinto puede ser ese vago olor. Y normalmente, la frase final del párrafo debe ser contundente tanto en su humildad como en su grandilocuencia. Una forma de acabar que la verdad estética así lo requiera.

De todas formas, tiendo a explicar poco, no repetirme y dejo cosas en el aire, digamos enigmáticamente, para que el lector trabaje también y colabore porque lo escrito incluso le corresponde. Me parece que él se lo merece pues de esta manera avanza conmigo en la aventura del discurrir de la novela. En el siglo XIX ya nos lo contaron casi todo
con pelos y señales.

Esto último me viene a colación pues siempre he oído o leído a los críticos decir: es una obra redonda o no es del todo redonda. Lo único redondo es una pelota o un balón, por poner un ejemplo bello. A mí me gusta que mis novelas sean paralelepípedos u octogonales. La obras redondas ruedan hasta que un muro las para y normalmente se resquebrajan.

Deben contener preguntas sin respuestas totales para que queden como
esfuerzos que permitan hacer otra obra que siga avanzando en esa
pendiente en la que todos nos precipitamos con la posibilidad de poner
el freno.

En ese atardecer solitario mirando al mar sentado en una silla baja de
playa de las que había muchas en el trastero de la casa y que por
primera vez había utilizado pues siempre consideraba ese asiento para
viejos, conseguí escribir, justo antes de irme, un párrafo que
terminaba de esta forma: Y las olas, con su espuma blanca, siguen
rompiendo, unos días, contra la orilla y otros, lamiéndola. Así sucede
en la vida y en el arte. Una veces golpeas y otras acaricias.

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