Con marea baja la playa de Montauk se convierte en kilométrica. Andar descalzo por la arena lisa, prieta, antes inundada de agua me produce un bienestar cercano a la abstracción, a una contemplación estética, irreflexiva, emocionante. Me gustan las playas atlánticas porque tienen esta característica que me seduce como lo hacía la de la playa de la Concha, en San Sebastián, cuando era pequeño y jugaba allí al fútbol; o ahora, también, que continúo en la misma confirmación y tesitura. Como ver una mujer en bañador con sus formas apretadas contoneándose. Excelso. La verdad tiene su estética y cada estética tiene su verdad.
Durante esos paseos me zambullo en el agua, nado y buceo sintiendo ese frescor del agua que toca mi piel y se introduce por ósmosis en mi cuerpo de una manera más profunda. Recuerdo también las playas de Tarifa y Bolonia. Un acercamiento ancestral y visceral a esta naturaleza húmeda y en el límite. Cuando dos cosas se tocan en el límite como el mar y la arena: en la orilla se produce el milagro de lo que es la creación. Así lo creo y así lo magnifico en su autenticidad. Las playas vacías y solitarias se acercan al concepto del presente donde el paraíso hace su aparición Sólo hay que dejarse llevar de ese momento maduro.
